Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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que en cambio he hecho una buena adquisición.
--Con perdón, señor duque, --repuso Bragelonne, --pero no digáis nada respecto de mí al rey, a quien
no estoy dispuesto a servir.
--¿A quién, pues, vas a servir si no al rey, muchacho? --objetó el duque. --Pasaron ya aquellos tiempos
en que podías haber dicho que servías a Beaufort. Hoy, grandes y chicos, servimos al rey; por eso si sirves
en mis naves, no valen subterfugios, mi querido vizconde, a quien servirás será a Su Majestad.
Athos aguardaba con cierta alegría impaciente la manera cómo iba a escaparse de aquel callejón sin sali-
da el vizconde, enemigo irreconciliable del rey, su rival. El padre creía que el obstáculo ahogaría el deseo y casi estaba agradecido al Beaufort, cuya ligereza o cuya generosa reflexión acababa de poner otra vez en
duda la partida de un hijo su único gozo. Pero Raúl contestó con voz firme y sosegada:
--Ya yo había resuelto en mi ánimo la objeción que me hacéis, señor duque. Pues me hacéis la gran mer-
ced de llevarme con vos, serviré en vuestras naves, pero en ellas serviré a un amo más poderoso que el rey:
a Dios.
--¡A Dios! --exclamaron a una Athos y el príncipe. --¿Como?
--Mi intención es profesar y hacerme caballero de Malta, -- prosiguió Bragelonne, vertiendo una a una
sus palabras, más heladas que las gotas desprendidas de los negros árboles después de las tormentas inver-
nales.
A este último golpe, Athos se tambaleó, el príncipe se sintió conmovido, y Grimaud exhaló un sordo ge-
mido y dejó caer la botella, que se hizo añicos en la alfombra sin que ninguno de los presentes lo advirtiera.
Beaufort miró de hito en hito al vizconde, y por más que éste tenía los ojos clavados en el suelo, leyó en
sus facciones una resolución inquebrantable.
En cuanto a Athos, conocedor como era del alma tierna e inflexible de su hijo, no contó hacerle desviar
del camino que acababa de trazarse.
--Conde, --dijo Beaufort tendiendo la mano a Athos, --dentro de dos días salgo para Tolón. ¿Os veré
en París para saber vuestra resolución definitiva?
Tendré la honra de ir allá para daros las gracias por todas vuestras bondades.
--No dejéis de llevaros al vizconde, tanto si me acompaña al Africa como no, --añadió el duque; --tiene
mi palabra, y no le pido sino la vuestra.
Después de haber derramado un poco de bálsamo en la herida abierta en aquel corazón paternal, el duque
dio un tirón de orejas a Grimaud, que parpadeaba más que de costumbre, y en la terraza se reunió con su
escolta y se alejó.

PREPARATIVOS DE MARCHA

Athos, hombre fuerte por excelencia, no perdió más tiempo en combatir la inmutable resolución de su
hijo; al contrario, empleó los dos días que el duque concedió en hacer preparar cuidadosamente el equipaje
de Raúl por el buen Grimaud, que se aplicó a la tarea con el cariño y la inteligencia que todos sabemos.
El conde mandó a su fiel criado que una vez preparados los equipajes, saliese para País, y para no expo-
nerse a hacer esperar al duque, o, a lo menos, a que Raúl fuese tachado de reacio si el duque advertía su
ausencia, al día siguiente de la visita de Beaufort emprendió con su hijo el camino de París.
Athos se dirigió a casa de Planchet para saber de D'Artagnan; al llegar a la calle de los Lombardos, se
encontró con que en la tienda del droguero había gran movimiento, pero no originado por la venta o la lle-
gada de mercancías. Planchet no oficiaba, como de costumbre, entre sacos y barriles. No. Un sirviente, con
la pluma en la oreja, y otro con una libreta en la mano, trazaban cifras y sumas, mientras un tercero contaba
y pesaba.
Tratábase de un inventario.
Athos, que no era comerciante, y veía que despedían a muchos parroquianos, se preguntó si él, que nada
tenía que comprar, sería allí importuno. Así pues, se acercó a uno de los sir vientes y le dijo con toda finura
si podía hablar con el señor Planchet.
--Está dando la última mano a sus maletas, --respondió el interpelado.
--¡Como! ¿Se va el señor Planchet?
--Sí, señor, dentro de poco.
--Pues hacedme la merced de decirle que el señor conde de La Fere desea hablar con él.
Uno de los empleados, sin duda acostumbrado a oír pronunciar con el mayor respeto el nombre del conde
de La Fere, fue a avisar inmediatamente a Planchet.
Planchet, dejó su ocupación y acudió apresuradamente, diciendo con verdadera alegría:
--¡Ah¡ señor conde, ¿qué buena estrella os trae?
--Mi querido Planchet, --repuso Athos, --me trae el deseo de saber de vos... ¡Pero en qué tráfago os en-
cuentro! Estáis blanco como un molinero ¿Dónde os habéis metido?


 

 
 

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